El protagonista de este relato podría ser cualquiera de los muchos aficionados que seguimos y queremos a nuestro Real Valladolid.
A Pucelo siempre le inculcaron la importancia del deporte en la formación de los jóvenes.
Todo comenzó cuando fue seleccionado como animador. No se lo creía, ya que eran muchos los aspirantes, y todos con iguales posibilidades de ostentar tal honor.
Símbolo de nuestra tierra y rodeado por paisajes arcillosos, el día del partido quedó asombrado ante aquel gran feudo abarrotado por la multitud, y en el que existía una tupida alfombra verde, como si de un vergel en el desierto se tratara.
Un grupo de personas ataviadas con indumentarias albivioletas se le acercaron. Todos querían fotografiarse con Pucelo, y éste respondió encandilando a la afición.
De repete, se escuchó un estruendo. Todos los presentes se abrazaban y saltaban de júbilo. Una “ola” de felicidad inundó las gradas.
Da igual el resultado de aquel día, lo verdaderamente importante es la ilusión vivida aquella tarde. Era un día para disfrutar de un sueño hecho realidad.
Recordamos con añoranza el primer día que vimos al Real Valladolid, las circunstancias pueden variar, pero el espíritu de Pucela todos lo llevamos en el corazón.