Supongo que muy pocos me conocéis. He estado desde hace mucho tiempo sobrevolando por los alrededores de mi hogar, y muchas veces descubro algo nuevo de vosotros. Quizás, demasiada luz, otras, ruido, pero no por ello me pierdo un solo momento cuando esas personas, que desde arriba parecen pequeñitas, corren y hacen maravillas detrás de una pelota.
Es posible, que las largas mañanas de invierno, cuando la niebla baja y los campos se cubren de escarcha, me quede encaramada a alguna barra amarilla, y veo chavales, incluso muy jóvenes, buscando esforzarse al máximo, pese al frío, luchando por sus sueños, y por alcanzar sus deseos en el futuro. Yo he visto muchas cosas, también recuerdos, y sé que no sólo se juega, sino también se vive y se crece…
Dicen que quizás no sea la única que vive allí, puesto que mi casa, que parece vieja (qué ironía) y solitaria, cada poco tiempo se llena de vida, y rebosa ilusión. Puede que a veces sufran, y no es fácil seguir, pero otras les veo, y quizás sea su momento más feliz de la semana.
Y quizás entonces, al levantar la vista, vean una lechuza, con una enigmática sonrisa.