Después de año y medio, terminé acostumbrándome a estar allí. Mis familiares y amigos solían venir a verme, y no siempre los mismos días, lo cual me ayudaba aun más a no llevar una vida de rutina.
Conocí a gente nueva, incluso hice amigos. Tenía mucho tiempo libre, pensaba mucho, escribía relatos. Relatos que luego guardaba, como avergonzado, bajo mi colchón.
Un día, un colega me preguntó si no echaba nada de menos, y me quedé en blanco; no sabía que responder, terminé diciéndole que no.
A la semana siguiente, un funcionario me preguntó ¿oye, tu no eras de Valladolid? Sí, contesté, ¿por qué?, porque esta tarde en el salón se ve al Pucela por la Sexta, respondió.
Debí sonreír, y un cosquilleo recorrió mi cuerpo. A las ocho en punto estaba yo viendo el partido.
El Barça nos ganó 6-0, hubo gente que se rió de mí, pero esa noche regresé feliz a mi celda por haber visto a mi Pucela, y mientras escribía este relato, me acordé de mi colega, de las cosas que sí echaba de menos y por primera vez me arrepentí de lo que había hecho para estar allí.