Siempre quise ser policía, como lo fueron mi padre y mi abuelo.
Mi estreno en el Cuerpo no pudo ser mejor; apenas llevaba una semana con el uniforme cuando me dijeron que el domingo iba a Zorrilla.
¡Que subidón! Venía el Real Madrid y allí iba a estar yo, a pie de césped y viendo gratis el partido.
Cuando salimos al campo a falta de quince o veinte minutos para empezar el partido, mi superior me enseñó una silla detrás de la portería y me dijo “siéntate ahí y no te muevas”; fui a darle la vuelta a la silla y me espetó desde lejos “¿qué haces? ¡Tienes que estar mirando a la grada, no al partido!” .
Ni os cuento la cara que se me quedó; allí sentado mirando hacia el fondo sur estuve dieciséis años y sin embargo descubrí una nueva forma de ver los partidos; mirando a los ojos de la gente, sus gestos, sus manos… aprendí a saber lo que estaba haciendo mi Pucela.
Cuando me retiré, tomó el relevo mi hijo y así pasamos ahora la temporada, cara a cara, separados por el foso de Zorrilla, pero unidos por el amor al mismo equipo.