De vuelta de muchos caminos andados, rescato del viejo baúl encontrado en el desván de la casa de mis padres, en el pueblo, el álbum de pastas moradas, aún vivas y lucientes, de chocolates San Miguel. Se lo regalaba el tío Retuso, el dueño de una de las dos tiendas del pueblo, a las madres para que los hijos compráramos allí, y no en la otra, los caramelos que traían en su envoltorio los cromos de los futbolistas con los que íbamos completando el álbum a golpe de escuálidas propinas dominicales.
Lo abro. Y leo y releo con nostalgia épica la antigua alineación del Real Valladolid siguiendo los cromos malpegados con engrudo, dispuestos en formación de Stukas kamikaces sobre una fotografía en blanco y negro, pero verde, del viejo Zorrilla: Goicolea; Matito, Lesmes I, Lesmes II; Losco, Lasala; Rafa, Coque,Vaquero, Aldecoa y Revuelta.
Y, como ensimismado, me detengo, como entonces -¡era mi ídolo!-, en la cara atristada de Goicolea.
A pesar de esta dichosa sordera, agravada ahora, no sé por qué, al volver a la casa solariega, oigo perfectamente que me dice:
-Tinín, ¡cómo ha pasado el tiempo, eh, chaval!