Apenas levantaba metro y medio del suelo y tenía por delante toda una vida llena de ilusiones y de sueños. Desde la fantasía de un niño y la admiración que le propinaban los grandes futbolistas del momento -las chilenas de Hugo Sanchez, los regates en seco de Butragueño o la técnica exquisita de Maradona-, Melchor empezaba a vislumbrar pintando un escudo el que sería su equipo de siempre.No había estado nunca en el Josde Zorrilla porque él nació y vivió en Madrid, tampoco conocía a ningún chico del colegio que fuera del Valladolid pero tenía una cosa bastante clara, que los colores blanquivioletas del Valladolid le ponían la piel de gallina y le llegaban al alma.
Empezó a comprar el As y el Marca para conocer en apenas una cuña de 4 o 5 lineas las noticias del Pucela, escuchando el Carrusel Deportivo un escalofrío recorría todo si cuerpo cuando se cantaba un gol del Pucela y la tristeza se apoderaba de él cuando encajaban un gol.
Por fin llegó el gran partido: El 0-0 en la ida daba favorito a los franceses pero Melchor sabía que se podía conseguir. En los franceses el mayor peligro era joven larguiducho liberiano llamado George Weah pero el pucela tenía una defensa inexpugnable con Mauro Ravnic en el marco parándolo absolutamente todo. Aguantamos el 0-0 estoicamente y llegamos a la tanda de penaltis. Fue una lotería como todas las tandas y, desgraciadamente, caimos. Esa noche apenas pude dormir pero al dia siguiente orgulloso de mi equipo cuando me volvieron a preguntar que de qué equipo era, contesté: "del Real Valladolid".