¡Campeones! Todo a mi alrededor era un gran alboroto. Gente gritando, coches pitando… No me lo podía creer.
Estábamos a mediados de mayo, final de Copa entre el Valladolid y el Barcelona. Ese miércoles me pilló en el curro, pero para no perderme el partido me llevé una radio pequeña. Las ocasiones para uno y otro se sucedían, poniéndome cada vez más nervioso. A la salida del trabajo cogí mi bici, sin dejar de escuchar el encuentro que entraba en la recta final. En el camino iba absorto en la retransmisión. Cerca de la plaza todo iba a cambiar… “Sesma por la banda, va a centrar, peligro, está sólo Goitom, cabecea…. Goooooooolllllllll”. Sin saber cómo me había saltado un semáforo y un coche que iba en la otra dirección me atropelló.
Ahora estaba tirado en el suelo sin poderme mover. Aún tenía puestos los cascos y pude oír el final del partido. Mientras, en la plaza, le gente se agolpaba para ver lo que había sucedido. Todo eran gritos de desesperación y los coches pitaban haciendo paso a la ambulancia.
Poco a poco mi mente se desvanecía, pero la sonrisa en mi cara ya nunca se iba a borrar.