Despertar un domingo por la mañana y saludar al primer pensamiento del día: "¡Hoy juega el Pucela!", como una alarma invisible que activa todos mis sentidos y dispara mis ilusiones.
Ir viendo pasar las horas como la lenta cuenta atrás que acaba cuando empieza el partido. Asomarme a la ventana y soplar desde mi rincón de la ciudad para intentar alejar las nubes negras que se dibujan en el cielo... ver salir el sol y sonreír al comprobar que todo se confabula para que la tarde sea perfecta.
Encender la radio y escuchar las cifras de aficionados visitantes que van llegando a la ciudad, y lamentarme por el duro retorno de los que vuelven a casa tras una derrota.
Iniciar el ritual de vestirme de blanquivioleta como el torero que se viste a la espera de celebrar una tarde de gloria. Caminar hacia el estadio con la ilusión del que se siente protagonista de un sueño colectivo. Contener la respiración, suspirar, vibrar, cantar. Aplaudir, animar. Reír o llorar.
En fin, sencillamente: Ser del Pucela.