Sergio era un niño tímido, de esos que no llaman la atención en la escuela, de rostro vivo pero con una pizca de tristeza en los ojos que le alejaban de ser un “guaperas” delante de sus compañeros de clase.
Tenía nueve años y un pelo revoltoso imposible de peinar (según su madre). Sergio se dirigía como todos los lunes a la misma hora, hacia el mismo lugar.
-¡Haz los deberes y merienda algo!- fue lo ultimo que escuchó antes de salir de casa apresuradamente, intentando no llegar tarde a esa cita.
Balón en mano y unas desgastadas botas de fútbol, que habían pasado días mejores, eran sus únicos acompañantes.
A pesar del frío que hacia y de los pantalones cortos, Sergio tenía la cabeza en otra parte, apenas notaba la caricia del invierno, tenia la mente lejos, en otra cosa, pensaba en una pradera verde infinita, y correr junto al balón, correr hasta desfallecer, ser más rápido que el viento, volar con los pies pegados al suelo, acercarse como una flecha a esos tres palos que tan bien conocía y chutar con fuerza, notar esa sensación inexplicable que te llena por dentro y marcar gol, y sin perder un segundo, gritar alto, tan alto que le pudiesen oír hasta los de la última grada,… y sus ojos que dos calles atrás eran tristes, brillaban de ilusión, imaginando todas esas banderas blanquivioletas agitándose que le hacían soñar despierto.
Y echo a correr, más rápido que el viento…