Hoy volvía contento. Ya tenía fuerzas para toda la semana. Un trabajo monótono y aburrido. Un sueldo miserable que apenas me llegaba para nada, una soledad elegida y aceptada. No necesitaba nada más. Solo tenía una ilusión: los domingos de fútbol y mi Pucela y hoy habíamos ganado.
Sé que ellos no lo entenderían nunca, pero qué más daba. Yo estaba feliz al llegar a casa, elaborando mi clasificación, pensando en el próximo partido, y si sumábamos tres puntos más donde llegaríamos, los puestos que subiríamos en la clasificación, y, tal como estaban las cosas, mirando cuantos equipos dejábamos atrás y nos alejábamos del temido descenso, que tan mártires nos había tenido años anteriores.
Ahora en primera éramos importantes, salíamos en los resúmenes de la tele, incluso nos televisaban algunas veces, otro aliciente más para la vida diaria. Y los comentarios con los compañeros de oficina, mañana podría sacar pecho y decir “hemos ganado”. Y mi corazón se ensancharía de emoción. Y comenzaría mi trabajo, pensando “viva mi Pucela”.
Y sonreiría y mis ojos brillarían, ellos me mirarían raro, pensando que razones tendría para ello y si estaría mal de la cabeza, pero no me importaría. Nunca me entenderían.