Empecé a ir al fútbol por mi abuelo. Él se apoyaba en mi hombro e íbamos al fútbol paseando. Al cabo de unas temporadas me empecé a quejar a mi madre porque mi abuelo se apoyaba demasiado en mí y le acabaron poniendo una cachaba.
En los años del estadio viejo yo iba al “Centro Cultural Vallisoletano”, un colegio que estaba muy cerca. En el recreo, mis amigos jugaban al fútbol, otros comían el bocadillo. Yo me escapaba hasta el estadio y me subía por una de las torres de iluminación que había en cada una de las cuatro esquinas de estadio y veía el entrenamiento. Me acuerdo de ver entrenar a Fenoy y a Sánchez-Valles.
El estadio viejo tenía olor a pipas y a tabaco mojado. Yo iba a General, lo que se llama ahora Fondo, y podía cambiar de grada en el descanso.
Mi abuelo debió morir antes de cambiar de estadio y de poder ver jugar a Gilberto, a Pato Yáñez, a Aravena, a Eusebio, a Hierro, a Victor.