Quizás aquello no hubiese cambiado demasiado la historia entre tú y yo. Desde luego no fui consciente de que aquel gesto acabase siendo tan importante para ambos.
Era una especie de unión más allá de lo terrenal, a pesar de la diferencia generacional que nos avasallaba a cada instante. Oírte contar aquellas anécdotas sentados en la mesa camilla las tardes de invierno me hacían sentirme más cerca aún de ti, conocer tu pasado era acercarme a nuestro futuro.
Esa tarde de abril fue de las últimas que juntos vivimos cerca la radio, aquella que siempre llevabas en el bolsillo y que ahora guardo como si fuese el tesoro de algún barco hundido en medio del océano.
La vuelta al Olimpo, junto a los grandes, y ese beso que me diste antes de que saliese de casa para bañarme en el elixir del triunfo.
Ahora, un año después, nosotros seguimos en el Olimpo con los grandes, y tú en el cielo de las estrellas y, mientras, en la tierra, recordamos aquellas historias en las que los protagonistas eran Gaíl, Fenoy, Moré y aquella chiquilla que defendía al “tuercebotas” de Peternac.