Ruy era el único de nosotros que no tenía mote, el único que tenía los ojos azules, tan transparentes que mirarlos causaba desasosiego, el único que no tenía más familia que un padre tan enfermizo y oscuro que costaba creer que hubiera podido engendrar una criatura tan luminosa. Siempre parecía a punto de sonreír, como si conociera un secreto mágico que le protegiera. Yo le adoraba. Tanto que le odiaba por no mirarme, por ni siquiera verme, por no quererme. Tanto que, yo, el cabecilla, el chico duro, me hubiera dejado descuartizar por él.
Su camiseta violeta y blanca parecía de un tejido especial esa tarde, como todo lo que él se ponía. Hacía calor y nos fuimos a beber al descampado. Ruy, recostado sobre el techo de una furgoneta abandonada, escuchaba la radio. Jugando su equipo -el de la ciudad en que nació su padre- no salía sin ella. Cuando nadie prestaba atención, hubo un revuelo y vi a Ruy saltando enloquecido. Echó a correr camino de su casa gritando que tenía fiesta con el viejo. Aún duelen los celos y la soledad que sentí, que sentimos todos, al verle alejarse, más ajeno e inalcanzable que nunca.