Aquella tarde en casa olía a Varón Dandy más de lo habitual. Antes de dejarme solo en el estadio mi padre me había guiñado un ojo:
- A la salida te espero, a tu madre ni palabra.
Asentí, como en otros días de partido, pero esa tarde era diferente. En la prórroga marcamos tres goles y ganamos la Copa de la Liga. Invadimos el campo, la fiesta nos enloqueció en el césped y el delirio me desorientó hasta el punto de no acordarme de mi padre.
Juro que le busqué por todas partes, pero no nos encontramos. Llegué solo y tardísimo a casa y mamá me interrogó como ella sabía. Canté. Cuando mi padre volvió, a mi madre no le costó encontrar los tenues restos de carmín en su camisa. Unos días después, él se fue a un piso compartido que ya siempre olería a Varón Dandy. Llevan veinte años divorciados, mi padre nunca va al fútbol, el Pucela no ha vuelto a ganar un título y yo ya sé mentir.