Penalty.
Lo ha pitado. Ha sido muy claro.
La gente estalla en un grito de júbilo increíble. Estamos 1-1 y apenas quedan dos minutos para que acabe el partido, el último de la liga. Sonrío relajado, cierro los ojos y noto como el cálido aire de junio golpea mi rostro. Entonces recuerdo las frías tardes de invierno en Zorrilla, la lluvia, las derrotas injustas, los sinsabores de aquellos malditos años de sufrimiento… eso no era tan bonito como lo es todo ahora. Eso hace que valoremos más nuestra hazaña. Mereció la pena llegar hasta aquí. Porque estamos a un gol de ganar la liga, nuestra primera liga. Solo veo bufandas blanquivioletas alzándose al vuelo en la grada, presas de la felicidad de sus dueños. Y esa gente, feliz y angustiada a la vez, me mira. Lo hacen porque soy yo el que tengo que tirar ese penalti. Pero no pasa nada. Las piernas ya no me pesan. No noto cansancio. La responsabilidad no me puede.
Miro el balón. Miro al portero rival. Miro la portería. Y sé que me dirijo hacia la gloria…