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El valor de la familia

Kiko Olivas alcanza los 100 partidos en una casa en la que ha encontrado felicidad tras varios sinsabores

04/03/2020 19:00

Para un defensa el gol acostumbra a ser sinónimo de mal augurio. Esta posición, como la del portero, en cierto modo va a contracorriente: si la salsa del fútbol es marcar, ellos viven para evitarlo. Y, quizá por eso, por esa relación amor-odio, los zagueros sienten especial emoción al anotar.

En el caso de Kiko Olivas (Antequera, Málaga, 21-08-1988) hay un gol que difícilmente olvidará. Fue la culminación de un proceso difícil, complejo y doloroso, un camino en el que le arrebataron su sueño en un momento álgido de felicidad y que le hizo volver a empezar. Sin bajar los brazos, y siempre con la fortaleza que aporta su mujer, la familia continuó el sendero que ha conducido a los 100 partidos oficiales del central con el Real Valladolid cumplidos este viernes en San Sebastián.

“Fue uno de los momentos más difíciles que he vivido” rememora ahora Olivas, quien como blanquivioleta se ha ganado el cariño y el reconocimiento de todos. Se refiere el malagueño a su final en Girona, equipo con el que ascendió a Primera División en la temporada 2016-17 pero que, al día después de conseguirlo, le comunicó una noticia complicada de digerir: “Era ese sueño de ‘por fin he llegado’. Y que al día después te digan que no cuentan contigo, que no vas a poder disfrutar de eso, fue difícil. Mi mujer, con nuestro niño pequeño, pasamos un verano complicado, nos costó asimilarlo”.

Porque sí, Kiko Olivas ya conocía lo que era debutar en la élite. Lo hizo con el Villarreal, en su primera etapa lejos de su familia, cuando formaba parte del filial. Pero en aquel entonces, aunque feliz, “no me sentía parte de un primer equipo ni jugador de Primera División”. Sin embargo, su destino iba a cambiar a orillas del Pisuerga.

 

Unos inicios complicados

Kiko Olivas asume con orgullo el adjetivo de familiar. Es uno de los rasgos que, quienes mejor lo conocen, destacan de él. Una persona que, a sus 31 años, ha encontrado en Valladolid la felicidad y la estabilidad que se necesita para brillar ya que, en su opinión, “el 90% del rendimiento en el campo depende de que el jugador esté feliz”.

“Soy una persona retraída, vergonzosa, tímida, me cuesta empezar proyectos nuevos” se sincera el defensa. Y después de la decepción en Girona lo cierto es que, a pesar de la ambición, sus inicios en Zorrilla tampoco fueron los ideales.

“El principio de mi etapa en Valladolid fue dura” relata. Para entenderlo hay que poner en contexto aquel verano de 2017. Kiko Olivas no contaba en su equipo y “había dado mi palabra para venir a Valladolid, el proyecto me ilusionaba”, pero “no conseguíamos un acuerdo con el Girona”. En lo deportivo, eso supuso que el jugador llegase al Pucela con el equipo ya formado y la competición empezada, lo que implicó que “me costó hacerme, no había asimilado los conceptos del míster y no tenía esa confianza”. Fue cuestionado en lo deportivo; pero, sin duda, lo que más lastró fue lo personal.

“Fue una pretemporada complicada sobre todo para mi mujer, viviendo en una habitación de hotel durante un mes, con un niño, y embarazada. Hay que vivirlo para saber lo duro que puede ser, es verdad que el fútbol da mucha alegría pero cuando vives algo así es complicado” refresca sobre, posiblemente, uno de los mayores sinsabores con los que carga. Sin embargo a la vuelta de la esquina, solo unos meses después, llegaría la felicidad plena.

 

La llegada de Sergio y el gol de Soria

El recuerdo del gol de Kiko Olivas en la ida de la final del playoff de ascenso en Soria vence el paso del tiempo y permanece en las retinas de los aficionados del Real Valladolid. Pero el cambio llegó unos meses antes, cuando Sergio González tomó las riendas del equipo.

“Con ayuda de los compañeros, los amigos, hemos hecho un gran grupo, te vas soltando. Al final de temporada encontré esa estabilidad y confianza para demostrar mi fútbol, y fue complicado porque me sentía impotente al no poder demostrar lo que yo era como jugador. Tenía esa frustración porque la gente no creyera en lo que yo hacía” incide el de Antequera, para quien el nuevo entrenador supuso un cambio brutal: “No sé explicarte, no hay explicación. Lo encontramos todo en ese cambio de chip, y personalmente lo noté muchísimo, el míster fue el principal causante de que todo fuera a mejor”.

Soria, de algún modo, se convirtió en talismán para el defensor. En la jornada 38, 0-1 frente al Numancia, él realizó un partido perfecto. Y allí mismo, su cabezazo sirvió para poner en ventaja al Real Valladolid en el penúltimo escalón hacia Primera. “Que metiera ese gol, que sea el primero en esta casa, que ayudara tanto después de lo mal que lo pasé durante todo el año… en un partido de tantos nervios, incertidumbre, con el objetivo tan cerca… fue una alegría inmensa. Celebrar, dar ese cariño a la gente, mi mujer en el campo… es un recuerdo súper bonito y de los más especiales que tengo”, confiesa.

 

Una feliz vida en familia

Kiko Olivas ha encontrado a 700 kilómetros de su hogar un nuevo cobijo. Allí, en Antequera, quedaron esas imborrables tardes en las que de niño iba junto a su hermano y su padre a dar patadas a un balón. Aquí, en Valladolid, es él quien disfruta viendo a sus dos pequeños crecer y sonreír, mano a mano con su mujer, cómplice y también clave en el éxito del defensor.

“Estamos en un momento muy feliz. Tenemos en casa todo lo que necesitamos, los familiares vienen a visitarnos cada vez que pueden, mi pareja y nuestros hijos están muy contentos, es un momento muy dulce” comparte Olivas, quien da unas pinceladas sobre su “vida tranquila” en la ciudad, siempre centrado en que los niños “disfruten, se muevan, salgan… nos gusta pasar mucho tiempo con ellos, ir al parque y dar paseos”.

En esa ecuación, en esa fórmula de la felicidad del malagueño, también entran sus amistades. Sus compañeros de equipo, por supuesto, que “también tienen hijos y quedamos para pasar buenos ratos”. Pero no solo ellos, ya que “también amistades fuera del fútbol, amigos de Valladolid; es importante hablar de otras cosas, otro tipo de vida, y nos gusta mucho juntarnos con ellos”.

Familia, en casa y en el vestuario, que ayuda a entender el magnífico rendimiento de Kiko Olivas en las dos temporadas del Real Valladolid en Primera División. “Todo fluye” condensa el central, quien ensalza el “fenomenal grupo” que cohabita en el vestuario del Estadio José Zorrilla.

Él, quien además de ser pieza clave -ha disputado todos los minutos este curso- se ha convertido en un gran maestro al tutelar la eclosión de Calero y Salisu, prefiere mantenerse en segundo plano, donde se siente cómodo. Acorde a su carácter, se presta a ayudar en todo lo que se necesite y se centra en seguir sumando partidos, sintiendo el cariño de su gente y de una afición que se identifica con el central.

“Espero llegar a más partidos porque significa que yo sigo igual de feliz, el club conmigo, y todo va bien” concluye Kiko Olivas. Sonríe con esa timidez que le caracteriza, y admira la camiseta con el 100 a la espalda: “Ojalá sean muchos más”.

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