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0-0: El Pucela no pudo asaltar Anduva

La iniciativa blanquivioleta no fue suficiente para desestabilizar la disciplina del C.D. Mirandés

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El Real Valladolid no pudo descerrajar el fortín de Anduva y se tuvo que conformar con un empate sin goles ante el C.D. Mirandés en un partido feo, tosco, cerrado, con pocas acciones que pudieran levantar de sus asientos a los 3.000 aficionados locales o a los 400 forasteros que se dieron cita en el campo burgalés.

En todo momento el equipo blanquivioleta quiso llevar el peso del partido ante un rival que sabía qué armas jugar para equilibar la balanza en el juego: derroche físico, marcas pegajosas, faltas en el centro del campo para bajar el ritmo del partido, balones largos para buscar las vueltas a la defensa vallisoletana e máxima intensidad en las áreas.

El resultado fue que el Pucela quiso, pero no pudo. Quiso desde el primer minuto, pero le costó acoplarse a un estilo en el que no estaba a gusto. O los pases no llegaban a su destino, o los controles eran defectuosos ante marcas muy severas, o los regates no salían o entre faltas y saques de banda se le escurrían los minutos.

El Pucela sí tuvo una virtud: su superioridad técnica ante el rival no le hizo confiarse en defensa. Porque el C.D. Mirandés tampoco se conformó con el empate y, cuando pudo, enseñó las garras, sobre todo en acciones a balón parado, bien defendidos. Tan solo Corral acertó a rematar un córner y obligó a Javi Varas a realizar una meritoria intervención. Y visto lo visto, evitó la derrota vallisoletana porque un gol del Mirandés hubiera sido mortal de necesidad dado que el desarrollo del partido hubiera sido idéntico.

Con 0-0 o con 1-0, el guión no habría variado y ambos equipos habrían seguido en su papel: el Pucela, en el de líder que se sabe superior y se ve en la obligación de ganar, y el del C.D. Mirandés en el de modesto que se multiplica en cada acción, que se agarra al partido en cada lance, y que espera tener su ocasión para dar la gran sorpresa.

Por supuesto, un gol vallisoletano sí habría dinamitado Anduva y el partido habría dado un giro radical para que el Real Valladolid encontrara los espacios que nunca aparecieron.

En la segunda mitad, el dominio vallisoletano fue mayor porque su juego fue mejor. Las jugadas del Pucela ya no acababan en el centro del terreno de juego sino en las proximidades del área. Pero solo en las proximidades porque el último pase o el disparo apenas apareció por parte de los vallisoletanos.

En la caseta, Rubi movió el tablero con la entrada de un delantero, Guille Andrés, por un central, Samuel. Con un solo cambio, las piezas se movieron mucho para dar mayor profundidad al juego. Peña se colocó como pareja de Jesús Rueda en el centro de la defensa; Mójica pasó al lateral izquierdo, Jeffren de delantero a extremo derecho, y Bergdich de extremo derecho a extremo izquierdo.

Todo funcionó mejor y el juego del Pucela fue a más, con varias llegadas por las bandas con peligro, pero no lo suficiente como para doblegar la resistencia del Mirandés, que en la última jugada del partido tuvo en la derecha de Rúper la victoria, ya que el exjugador de Osasuna botó una falta directa a la que de nuevo respondió Javi Varas con otra buena parada.