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El sabio altruista

Joaquín Díaz ha dedicado su vida a estudiar y divulgar la tradición popular, y es y será un referente indispensable para las generaciones que le suceden

En las paredes del despacho de Joaquín Díaz apenas queda espacio entre tanto premio, diploma y reconocimiento. Es ciertamente abrumador. En la estancia manda su imponente mesa de trabajo, construida con la base de otra que estaba en casa de sus padres. Sobre aquel tablero nació, literalmente, y sobre ese nuevo escritorio investiga y divulga aún cada día a sus casi 80 años. Estaba predestinado a trabajar, parece evidente. Una labor ardua, metódica, incansable y altruista.

Sumergirse en el universo rescatado por Joaquín Díaz es darse cuenta de la magnitud e importancia de su obra. Acercarse a los herederos musicales de su obra, sus hijos o nietos como ellos dicen con todo el respeto del mundo, permite ratificar la admiración por este “humanista y sabio” que tanto ha hecho por la cultura de nuestra tierra.

El carácter castellano hace que su figura no sea tan ensalzada como debiera. Aquí somos sobrios, poco dados a los fuegos de artificio. Pero su trayectoria bien merece un aplauso gigante y un homenaje sincero. Sí, estamos en deuda con don Joaquín, todo un referente. En ello inciden todas las personas que glosan su trayectoria para realvalladolid.es, por mucho que él sea tímido y humilde.

Diego Galaz, de Fetén Fetén y Fito&Fitipaldis, David Ruiz, de La M.O.D.A.; Fernando Ortiz del Nuevo Mester de Juglaría; Lucía López y Santi Sierra, de Delameseta; Javier Vielba, de El Meister y Arizona Baby; Miguel Ángel Rivera, de Tahona; y Dulzaro nos ayudan a conocer mejor la trayectoria de don Joaquín y, sobre todo, a darle el verdadero valor que tiene una persona reconocida en todo el mundo.

La iluminación de Seeger

Sonríe con picardía cuando recuerda que, con apenas tres años, ya cantaba las canciones que sonaban en la radio. Era algo que le ensimismaba y que ya predijo cómo iba a ser su vida. Lo confirmó cuando empezó a cantar en el colegio, en el Lourdes, con apenas 12 años. Actuó en un programa de TVE denominado ‘Fiesta mayor’ y a los 16 formó su primer grupo. Ofreció conciertos y recitales en Europa, Asia y América.

Explica Javier Vielba que en su primer viaje a Estados Unidos, en 1967, conoció a Pete Seeger, un referente para todos los que buceaban en el folk americano. Incide Diego Galaz en que Seeger era alguien admirado porque no solo era un músico, sino que también hacía comunidad. Díaz recuerda que fue en el camerino del neoyorquino, antes de un concierto, cuando le cantó una seguidilla y Seeger le “iluminó” en el pasaje clave de su vida. Olvídate del folclore americano y dedícate al de tu tierra, que es riquísimo, le vino a decir.

Dicho y hecho. Al año siguiente Joaquín lanzó ‘Recital’, el primer disco de su inabarcable producción artística. Y, lo que es más importante, comenzó con su trabajo de campo por los pueblos, en principal medida por los castellanos. Con su inseparable magnetofón hablaba con unos y con otros para recuperar la tradición, para convertirse en el adalid y garante de la memoria popular. Canciones, romances, cuentos, cantos, leyendas, relatos, melodías. Mucha gente no es consciente pero lo cierto es que sin ese arduo trabajo se habría perdido una parte importantísima de la cultura oral española.

Tras casi una década de intensa actividad encima de los escenarios de medio mundo, en 1976 decidió dejar de actuar. Simplemente porque quería volcarse exclusivamente en las tareas de investigación, recopilación y divulgación de la tradición popular. Su actividad no podía ser más prolífica, con especial mención a la creación de la revista ‘Folklore’ en 1980, todo un referente, y con el nacimiento del Centro Etnográfico ‘Joaquín Díaz’, ubicado en su sede actual en Urueña en 1991. Tres años después se crearía la Fundación que lleva su nombre.

Un legado de valor incalculable

Muy amable y hospitalario, allí recibió al Real Valladolid, con un recorrido maravilloso por un edificio en el que conviven instrumentos musicales, pliegos de cordel, grabados, estampas y, por supuesto, una rica biblioteca y una fonoteca que constituye un legado de valor incalculable. Miles y miles de archivos que contienen infinidad de minutos de música tradicional y grabaciones de tradición oral recogidas por el propio Joaquín Díaz a lo largo de su vida. Registros ahora digitalizados que, generosamente, comparte de manera gratuita para que los que estudiosos se empapen de nuestras raíces.

“Pepitas de oro”, como dice David Ruiz, que sirven para inspirar ritmos y bucear en la herencia cultural. Para conocerla y, a partir de ahí, inspirarse y crear. Durante mucho tiempo, reconoce Fernando Ortiz, existía “una especie de pudor extraño” que impedía valorar el folclore castellano. Galaz apunta que quizá es porque se asociaba a la pobreza de los pueblos justo cuando empezó el éxodo a las ciudades. En todo caso, afortunadamente, ese proceso se ha invertido y actualmente cada vez más se apuesta y se presume más por lo nuestro. Y para muestra, varios botones.

La M.O.D.A. ha congregado a miles de personas en un montón de conciertos. Fieles, no importa su procedencia, que cantan temazos inspirados en el cancionero burgalés. Delameseta y Dulzaro arriesgan y emplean sintetizadores, música electrónica para vestir las jotas de siempre. El folclore está vivo, no hay que anclarse en el purismo.

No es un sacrilegio, ni mucho menos. Ni siquiera es algo novedoso. El propio Joaquín Díaz ya innovó en su momento. También lo hicieron el Nuevo Mester de Juglaría o Tahona, subraya Miguel Ángel Rivera sentado en la grada del Estadio José Zorrilla. Abonado de toda la vida y autor de la letra del himno creado en 1995, el que exige llevar el escudo con orgullo y con honor, Rivera es directivo de la Asociación de Amigos de Joaquín Díaz y será uno de sus escuderos este domingo sobre el césped de Zorrilla.

El fútbol, como el folclore, elemento de cohesión

El pequeño Joaquín era mucho más futbolero que ahora, con la pasión inherente a todos los niños que miraban con admiración e idolatraban a los jugadores del Pucela de los años 50, que no era un Pucela cualquiera. Coleccionaba cromos, iba al Viejo Zorrilla, coincidía con su vecino Paco Lesmes… Y el equipo de la infancia es para toda la vida, por supuesto. Forma parte de tu identidad, como la memoria popular y la tradición, y además comparte con el folclore una mágica habilidad para unir, para cohesionar, para vertebrar.

Joaquín Díaz tiene infinidad de premios y reconocimientos al más alto nivel, tanto en España como fuera de nuestras fronteras. Pero le falta una ovación de Zorrilla. Que el público se ponga en pie y aplauda a rabiar para que, tímido como ya demostró cuando optó por dejar los escenarios, se sonroje. El Real Valladolid y el mundo del fútbol se lo deben. Todos estamos en deuda con un sabio que ha dedicado su vida a sumergirse en nuestras raíces y compartir su conocimiento de manera altruista.