En el minuto 92, cuando el Real Valladolid jugaba con 10 jugadores por expulsión de Valera (min. 72), Pedro López trató de enviar un centro a córner y le salió un remate de cabeza que batió a Butelle y supuso el 4-3 que cerraba una locura de partido, en el que, una vez más, el equipo blanquivioleta estuvo muy cerca de ganar y acabó hundido en la miseria por un golpe de mala fortuna.
Antes de la jugada que decidió el resultado resultado ocurrieron multitud de cosas, infinidad de detalles en un partido de poder a poder en el que el Real Valladolid estuvo estuvo dos veces por delante en el marcador, aunque sólo en cuatro de los 94 minutos que duró el encuentro tuvo esa ventaja.
Parte de la afición blanquivioleta en el estadio Vicente Calderón.
El empate a tres goles hubiera sido un resultado que le venía como anillo al dedo para reflejar todo lo que sucedió esta tarde en el Vicente Calderón. Fue un choque de poder a poder, sobre todo en la segunda parte. En la primera, el partido tuvo poca historia. Maniche adelantó al Atleti en el minuto 3, tras una pérdida de Álvaro Rubio en el centro del campo que acabó con un pase al espacio donde Maniche resolvió con un punterazo el mano a mano ante Butelle. A partir de ahí, el Real Valladolid tomó el dominio del encuentro sin que los colchoneros acertaran a desbordar a la contra. Los blanquivioleta no llegaron con mucha claridad, pero en el minuto 40 la insistencia en el empuje tuvo su premio con una bonita jugada entre Víctor y Llorente, que culminó el primero con el empate a uno, resultado más que justo hasta ese momento.
Segunda parte loca
La locura se desató tras el descanso. En el 48, Sisi, de volea dentro del área tras un centro de Sesma desde la izquierda, puso el 1-2. Contestó Maxi dos minutos después con un derechazo cruzado (min. 52). El Pucela volvió a la carga y Llorente clavó el 2-3 con un certero cabezazo a un preciso centro de Sesma en el minuto 54. Pero otra vez la alegría vallisoletana duró un suspiro porque Butelle salió a despejar una falta lateral colgada al segundo palo y lo que se encontró fue una pared formada por Pablo y Rafa y cómo el balón pasaba hasta la cabeza de Maxi, que sólo tuvo que poner el pie para anotar. Quizá el árbitro pudo señalar un empujón de Pablo sobre Rafa en esa jugada -no sobre el portero, que estaba fuera del área pequeña-, pero lo cierto es que Butelle en su salida sólo encontró aire por arriba y un muro de jugadores por delante.
Llorente gana la espalda a Zé Castro y cabecea el balón en el tercero gol del Pucela.
Con el 3-3, el partido no se paró. El partido ya estaba desatado. Los dos equipos querían ganar a toda costa. El Atlético de Madrid vive así todos sus partidos en casa y el Real Valladolid, escodido por la puñalada, no se conformaba con sumar un punto. Quería más. Y lo intentó. El partido se convirtió en un toma y daca sin control. Las jugadas no terminaban; siempre morían en el área y se sucedían los contraataques, aunque la calidad del ataque madrileño hacía presuponer un final desgraciado, aunque no tanto, bien es cierto.
Expulsión de Valera
Para contrarrestar el talento local, el Real Valladolid puso en el césped valentía para ir hacia arriba, velocidad en el despliegue, concentración en la retaguardia y despligue físico encomiable. En el último tramo del partido, Sesma forzó la segunda amarilla del lateral derecho Valera y el madrileño, que reaparecía después de una larga lesión y no pudo nunca con el extremo blanquivioleta, fue expulsado. El empate parecía en el bote y la victoria al alcance de la mano, aunque la gasolina ya escaseaba.
Sesma tuvo en triunfo en su zurda. En el minuto 80 Kome puso un centro al segundo palo, donde Sesma entró solo, pero su remate fue defectuoso. Ahí se fueron los dos puntos. Y el que todavía tenía, el que se había ganado con toda justicia, con coraje y buen fútbol ante un equipo con un talento ofensivo descomunal, se le esfumó en el descuento por una desgracia, la de Pedro López al convertir un depeje en un remate en su propia portería.
Foto (Alberto Castellano): Pedro López se lleva las manos a la cabeza tras marcar en propia puerta.