Era la crónica de una muerte anunciada después de una temporada para olvidar. El Real Valladolid llegaba a casa del mejor equipo del mundo, que necesitaba vencer para proclamarse campeón de Liga. El Barcelona de Guardiola ganó el partido, se hizo con el título y lo celebró a lo grande sobre el césped. A apenas unos metros, corrían las lágrimas en el vestuario blanquivioleta. Era muy difícil lograr la hazaña de la permanencia, casi algo utópico, pero no por ello dolió menos.
Empezaba una travesía por el desierto que en realidad ha sido corta, de tan solo dos temporadas, pero que se ha hecho eterna. El Real Valladolid ha necesitado de 100 partidos para regresar al lugar que le corresponde por historia. Después de dos play-off, de dos agónicos play-off, el equipo puede reír todo lo que ha llorado en estos dos últimos años. Y ha sido mucho.
La ya de por sí delicada situación económica del Club se vio agravada por la más que considerable reducción de ingresos debido al descenso. Aún así, el Pucela apretó los dientes y trabajó duro para poder regresar cuanto antes. La contratación de Antonio Gómez fue el primer paso de una pretemporada en tierras escocesas en la que el hotel de concentración estaba a un paso de la torre conmemorativa del guerrero William Wallace. Era una señal inequívoca de que para poder volver iba a ser necesario derramar sangre, sudor y lágrimas.
Como las que caían una tras otra viendo que el equipo no levantaba cabeza y estaba muy cerca de la Segunda División B, ya con Abel Resino en el banquillo. El vestuario reaccionó tras una agónica victoria en Huelva y fue capaz de colarse en los play-off como el equipo más en forma después de un final de temporada magnífico. Victoria 1-0 en Zorrilla y derrota 3-1 en Elche para poner fin a un sueño y para poner al Club contra las cuerdas.
Somos Valladolid
Carlos Suárez decidió adquirir la mayoría de las acciones, contrató a Miroslav Djukic para potenciar un proyecto a tres años y, poco a poco, regresó la ilusión. El entrenador huyó del derrotismo que se había instalado en la provincia y comenzó a impregnar al vestuario de su filosofía ganadora. Era lo que hacía en cada rueda de prensa para enganchar, uno a uno, a cada aficionado. Los mismos que juegan en el Pucela, como rezaba la campaña de abonados. Los mismos que son parte esencial del "Somos Valladolid".
El equipo enamoraba con su juego, despertaba elogios pero, como no podía ser fácil, tuvo la mala suerte de coincidir con dos equipazos como el Deportivo de La Coruña y el Celta de Vigo. No hubo posibilidad de ascender de manera directa a pesar de que se sumaron la friolera de 82 puntos, una cifra que cualquier otra temporada habría servido para ganar el título. Otra vez abocados al play-off, con la diferencia de que se corría el riesgo de verlo como un castigo. Se trabajó para transmitir que no era tal, sino que era una manera de hacer un poco más largo el camino hacia el premio, hacia el sueño que todos perseguimos con ahínco y de una manera obsesiva.
A priori el equipo era el mejor de los cuatro, pero había que demostrarlo. Y vaya si lo ha hecho. Contra el Córdoba y contra el Alcorcón. Con el apoyo de una provincia entregada que ha sabido reconocer la valía de unos guerreros que, después de 100 batallas a cara de perro y unidos sin fisuras en circunstancias muy difíciles, han demostrado que merecen el mayor de los reconocimientos ¡Muchas gracias a todos, de corazón! De corazón blanquivioleta, por supuesto.
Fotografías (Miguel Ángel Santos).